Antes eran niños superdotados y ahora de altas
capacidades. Se desconoce cuántos hay en España. Muchos se ocultan por
miedo a los demás. Tener una inteligencia por encima de la media parece
un regalo, pero puede estar envenenado.
Si el niño hubiera mostrado un virtuosismo prematuro con
el balón habría acabado en un centro deportivo de alto rendimiento entre
los aplausos de sus amigos y la envidia disimulada de los padres de sus
amigos. Pero no hubo suerte y lo único que hizo fue aprender a leer por
su cuenta a los tres años de edad. Es ahí donde comenzaron sus
problemas.
Son problemas que afectan oficialmente a los niños
con altas capacidades, los antes llamados superdotados
No es fácil encontrarlos. Puede ser el alumno que se pasa
la clase mirando por la ventana, el incapaz de concentrarse, el
hiperactivo, el estudiante aislado al que persiguen los demás, el que
saca malas notas o el que consigue sobresalientes. Puede ser también un
niño que no muestra ninguna habilidad especial y se esfuerza por ser
como el resto de sus compañeros para no ser descubierto. Un número
indeterminado de jóvenes con altas capacidades mantiene encorsetada y en
secreto su inteligencia, en ocasiones con el apoyo de sus familiares.
Tienen miedo a los demás.
Role y equis
Haimar paseaba por la calle con sus padres cuando señaló
un rótulo y dijo «Role y equis». Cometió un error porque la respuesta
correcta era 'Rolex', pero el fallo bien podía deberse al hecho de que a
sus tres años aún no había llegado a la equis en su camino autodidacta
hacia la lectura.
Sus padres quedaron sorprendidos, aunque algo sospechaban
porque ya se habían dado cuenta de que algo rondaba por el cerebro de
su hijo. «Era especial, lo llevábamos en el carrito y con dos años iba
leyendo los números de los portales. También nos enteramos de que cuando
en la guardería enseñaban a los alumnos fichas con puntos, Haimar se
fijaba en los números de la parte trasera», recuerda Carlos Rubio, padre
del niño.
Haimar tiene ahora siete años y estudia en San Sebastián.
Cuando vuelve de clase y en casa le preguntan qué ha hecho, contesta
que «relaciones sociales». Es una materia que se le da bien, porque no
tiene ningún problema con sus compañeros. «Él sabe que sabe más y cuando
acaba sus ejercicios ayuda a sus amigos».
Pero no siempre sucede lo mismo. Carlos Rubio tiene a su
lado a dos madres de niños de altas capacidades, también integrantes de
Fanjac, que prefieren mantener el anonimato para que sus hijos pasen
desapercibidos. Entre los tres explican los problemas a los que se
enfrentan los alumnos que, a veces a su pesar, destacan por su nivel de
inteligencia.
«Es como si ves una película por décima vez, que te la
sabes de memoria». Así se sienten muchos jóvenes de altas capacidades
que «se aburren y desconectan» cuando el profesor explica a sus
compañeros materias que ellos ya conocen. «El niño empieza a incordiar a
los demás o está distraído». Es lo que le ocurrió a Haimar, cuyos
antecedentes incluyen dos expulsiones de clase por mirar por la ventana.
«Es que ya se lo sabía todo y se aburría», asegura su padre.
Las dificultades aumentan con la edad, sobre todo cuando
el niño se da cuenta de que su ansia de saber solo le proporciona
complicaciones. «Dejan de tener ganas de aprender y en muchos casos
fracasan en el colegio». Y a medida que pasan los años, el ya casi
adolescente se siente diferente a los demás pero también necesita
amigos. «Llegan a la conclusión de que pertenecer a un grupo es más
importante que el conocimiento. Quieren ser como los demás y es entonces
cuando se camuflan y entran en el armario».
Carlos Rubio ha tenido suerte con el colegio de su hijo.
«Este año le van a sacar de clase dos horas a la semana para darle un
nivel superior de Matemáticas y Lengua». Sus compañeras de asociación no
pueden decir lo mismo. «En mi caso -explica una de ellas- el centro dio
respuesta pero después de que surgieran los problemas, por eso queremos
atajar ese recorrido para que el niño no sufra». «Lo que pasa -afirma
su amiga- es que los colegios se muestran muy reacios a tomar medidas
que diferencien a nuestros hijos del resto, algo que no se pone en duda
en los casos de discapacidad».
«Se está mediocrizando a los niños de altas capacidades
para que no tengan problemas», sostienen los padres. Ellos son
conscientes de que su actitud puede ser confundida con un afán de
elitismo, sobre todo cuando se muestran a favor de la creación de
centros de excelencia, pero se defienden con el argumento de que «la
educación tiene que garantizar la igualdad de oportunidades para que
todos puedan desarrollarse al máximo».
Si el niño hubiera tenido magia con el balón habría
ingresado en una elitista escuela de fútbol entre aplausos. Pero no fue
así y ahora en clase se hace la siguiente pregunta: «¿Vengo a aprender o
a un aparcamiento?». «Imagina a un corredor de cien metros que es más
rápido que los demás pero su entrenador le dice que no puede batir el
récord porque no tiene edad. Eso es lo que les piden a nuestros hijos»,
afirma la madre del niño.